Cada cual pinta la vida en un grande y blanco lienzo desde el primer grito de libertad (llanto) tras tener nuestra primera respiración en este mundo y recibir la leche materna de nuestra madre, para después sonreír y hacer posibles otras sonrisas.

Después de este primer momento, la vida sigue y comenzamos a caminar en busca del equilibrio para no caer y mantenernos en pie, “erguidos” para poder desplazarnos de un lugar a otro en busca de una ruta que tiene que ser explorada minuciosamente; después aprender el idioma de la mami y del papi y después la escuela, el colegio, la universidad.

Esculpir el propio cuerpo y esculpir la propia alma; eso también hay que aprender. Los estoicos dicen que somos polvo cósmico parte de una misma esencia, que es el universo, manejado por la gran mente de la cual cada uno de nosotros tiene que sacar el mayor provecho. Hay una corriente filosófica que nació en la India y recorrió la China y el Japón que se denomina el zen. Esta corriente del pensamiento humano parte de la mística de la universalidad: “El uno es el todo y el todo es uno”; lo que mueve las copas de los árboles no es el viento, es “tu mente”. Cualquier cosa que creamos ser solo existe en nuestro pensamiento.

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Momento tras momento todo surge de la nada; este es el verdadero misterio de la vida. Los grandes sabios solo han descubierto lo que ya estaba hecho, la célula, los átomos, el cosmos, las estrellas.

La vida es un arte y cada uno somos los artífices de nuestra propia vida. Todo es nuestro. Nadie va jamás a entonar nuestro propio canto, nuestro propio llanto, nuestras alegrías, nuestras sonrisas. Todo es nuestro.

Recordemos lo que dijo el poeta y filósofo Rabindranath Tagore: “El hombre tiene en sí la música del aire, el alboroto de la tierra y el silencio del mar, todo para crear y deleitarse”. (O)

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Hugo Alexander Cajas Salvatierra, médico y comunicador social, Milagro