Todos estamos invitados al amor absoluto, pero nos da miedo participar en esa carrera de obstáculos porque pensamos que no los saltaremos. Lo que ocurre es que el hombre tiene un repertorio de sentimientos muy corto y un vocabulario reducido y, por eso, llamamos amor a tantas cosas.
El amor, lo entendamos o no, no es un privilegio monopolio de la raza humana. Todo en nuestro fértil mundo tiende hacia la unidad, hacia la confusión, hacia el consentimiento. El amor que une a una pareja racional es de la misma estirpe que aquel otro que hace moverse al sol y a las demás estrellas. La emoción amorosa, que nos altera nos convierte en otros y nos enajena (es decir nos vende), es la misma que promueve el cortejo de los mamíferos, de las aves o de los insectos en la primavera.
Todos los amores son el mismo: la necesidad de sentirse junto a otro, en el transcurso de todos los días que dure nuestra vida, la serenidad y la desgracia, la felicidad aparente y huidiza y también el temor a perderla, la decepción y la esperanza, la plenitud y el vacío de todas las cosas. En definitiva buscar la compañía y la complicidad en este crimen de estar vivos y de estarnos muriendo al mismo tiempo.
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El amor es algo elástico, laberíntico, polifacético. Durante el amor, se produce una ceguera transitoria, que lo lleva a uno conducido vendado. El amor está en el convivir de dos personas porque se entienden o porque mutuamente se protegen. Todo es amor.
El primer amor es solo de una vez, es la verdad. Esa vez en que uno se vacía igual que un cántaro, sin presentimientos, sin prejuicios, sin temores, sin proyectos, sin saber nada, extraviado y recuperado al mismo tiempo. Pero cada amor sucesivo tiene mucho del primer amor, porque se abre el mismo y se cierra , como un abanico independientemente de los otros abanicos. No es que los primeros amores retornen siempre: es que no se van nunca. Solo el amor nos hace únicos, irrepetibles y eternos mientras dura. (O)
Guillermo W. Álvarez, médico, Quito

















