Conocí al padre Alfonso Avilés cuando tenía apenas 6 años. Tuve el honor de servir junto a él como monaguillo durante ocho años en la parroquia Santa Teresita, en Entre Ríos. Desde que lo conocí, siempre me llamó la atención su valentía, su fe profunda y su forma tan sincera de entregarse a los demás. Fue un hombre intachable, que vivía su fe sin reservas y que demostraba constantemente un amor muy grande por Cristo. Siempre nos animaba a ser mejores personas, a formarnos como personas de bien, y a demostrar con nuestras acciones el amor a Dios.
El padre Alfonso deja un gran vacío en nuestros corazones, pero también nos deja un legado que debemos continuar. Nos enseñó a perseverar en el bien, a servir con el mismo cariño con el que él trataba a cada persona, y a buscar la santidad.
Toda su vida fue un testimonio de entrega al prójimo. Aún recuerdo sus homilías cuando mencionaba: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. Él no solo lo decía, lo vivía en cada gesto, en cada misa y en cada momento de su vida. Nos enseñó lo que significa amar verdaderamente a Cristo, a la eucaristía y a la Iglesia, invitándonos a ser católicos comprometidos.
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Escuchar sus homilías era salir más tranquilo, con ganas de ser mejor persona y de pensar más en los demás. Recuerdo muchas de sus enseñanzas, en las que insistía en ser “soldados de Cristo”.
Su partida deja un gran vacío para quienes tuvimos la gracia de conocerlo, pero también nos deja un ejemplo claro de cómo vivir con fe, con valentía y con amor. El padre Alfonso es un héroe en todo el sentido de la palabra. Dio la vida por salvar a otra persona, demostrando con ese acto todo lo que predicó durante su ministerio. Hoy, más que nunca, su ejemplo nos interpela y nos llama a vivir con mayor generosidad, recordándonos que la santidad se construye en lo cotidiano. (O)
Nicolás García Espinoza, Guayaquil

















