Existe en la capital una calle que se llama así. Pregunté a algunas personas, quiteñas o residentes en Quito, si sabían quién fue Caldas. La enorme mayoría no tenía ni idea de ello. He de confesar que mi conocimiento sobre la vida y obra de Francisco José de Caldas también fue tardío, a pesar de que, como la mayoría de los que interrogué sobre el tema, conocía la calle y había transitado por ella. En todo caso, mi información sobre este prócer y científico colombiano era exigua y esquemática hasta hace pocas semanas, cuando inicié la lectura del libro titulado La física del reino, del notable historiador ecuatoriano Fernando Hidalgo Nistri, especializado en la obra de los exploradores y estudiosos que contribuyeron a entender este país, a través de la descripción y entendimiento de su “física”, es decir, de su geografía y su naturaleza.
La primera parte del volumen contiene un ensayo de Hidalgo Nistri sobre Caldas. Los más grandes exploradores desde los geodésicos franceses y españoles habían sido extranjeros. Pero hubo grandes científicos ecuatorianos, como Maldonado, Mejía, Franco Dávila y otros, contemporáneos de los estudiosos europeos, que investigaron y difundieron las realidades de la América. Pero en ese afán de automutilarnos, edificamos altares a los foráneos por cierto ilustres, mientras arrumbamos en los desvanes de la historia a los coterráneos no menos meritorios. Caldas nació en Popayán, ciudad que perteneció largo tiempo a la Real Audiencia de Quito, no era exactamente un extranjero. Pero es eclipsado por el fulgurante sol de Alexander von Humboldt, que compartió su estadía en Quito con el payanés. Este consideraba al alemán “frívolo”, quien a su vez lo tenía por “apocado”.
Los grandes viajeros científicos de los siglos XVIII y XIX eran inspirados por dos tendencias filosóficas dominantes en sus tiempos, inicialmente la Ilustración y luego el romanticismo. El primero, desde el punto de vista científico racionalista, y el segundo, desde su visión contemplativa poética, descubren la naturaleza y sistematizan su conocimiento. Los movimientos independentistas se alimentan de ambos idearios, los Ilustrados en afán de destruir un régimen hostil a la razón; mientras que los románticos reivindican la libertad de espíritu y buscan en las ciencias arquetipos y símbolos, que los llevan a enorgullecerse de la belleza y grandeza de los montes, selvas y ríos del Nuevo Mundo.
La segunda parte de La física del reino está constituida por los Diarios de viajes de Caldas, en fidelísima transcripción de María Antonieta Vásquez Hahn y Silvia Larrea Araujo. En ellas la pluma del científico, ya con vuelo romántico, describe sus hallazgos, registrándolos con precisión ilustrada. Son todos viajes en la zona norte del Ecuador. Destaca la crónica del recorrido de Quito al mar por el camino de Malbucho, por encargo del barón de Carondelet. Este mandatario parece que simpatizó con Caldas, a tal punto de que encargó reconocer la ruta del camino con el cual quería unir Quito con un puerto en el océano. Nada hay más realista que las ilusiones. Luego, el sabio se incorporaría al movimiento independentista colombiano y tras algunas etapas guerreras, fue apresado y fusilado por los españoles. (O)











