El lobo estepario, de Hermann Hesse, es una novela existencialista que retrata a un intelectual atrapado en la Europa de entreguerras. Su protagonista vive desgarrado entre una naturaleza humana, cultivada y sensible, por un lado, y un instinto salvaje, solitario e indomesticable, por otro lado. Ese conflicto lo convierte en un ser incapaz de adaptarse a la sociedad que lo rodea, cuyas normas no entiende y desprecia.

En Guayaquil están pasando demasiadas cosas. Los guayaquileños estamos atrapados en medio de una guerra que no entendemos. Vemos un carro bomba por aquí, un edificio desplomado entre llamas por allá, un alcalde preso más adelante. El caos es cotidiano. No constituye una excepción, sino una forma de vida.

La dura realidad es que, bajo la aurora gloriosa que anuncia libertad, el narcotráfico no aterrizó en paracaídas, sino que encontró una pista cuidadosamente construida durante décadas por la tolerancia al atajo y por el culto a la viveza. Antes fue el contrabando de los que se autodenominaban comerciantes; luego, los préstamos vinculados de los banqueros a sus amigos; más tarde, los contratos con el sector público que convirtieron al sapo-vivo en próspero empresario. Todo con el aplauso y la venia social. Lamentablemente, el pasado es prólogo. Y, por eso, hoy no deberíamos sorprendernos de los secuestros, de las extorsiones y de los crímenes horrendos que nos arrinconan.

Hay ciudades que se explican por su geografía y otras que se revelan por la psicología de sus habitantes. Guayaquil pertenece a este segundo grupo. No se la entiende mirando el río ni el clima, sino observando al animal que la habita.

Desde hace mucho tiempo, los guayaquileños renunciamos a la naturaleza de ciudadano que aspira al pacto social. Olvidamos la ciudad que Olmedo soñó en sus versos. La guayaquileñidad de la Fragua de Vulcano se perdió en medio de la tensión entre el hombre emprendedor y virtuoso, que quería trabajar incansablemente para poner su banano y su camarón en las perchas de los supermercados del resto del mundo, y el mono estepario que, estupidizado por la casa con piscina en la isla Mocolí y la camioneta F150, no reconoce normas, sino que las esquiva, las burla o las ignora con una sonrisa pícara que confunde astucia con inteligencia. La naturaleza salvaje se tomó al personaje y a la moral de esta ciudad.

A diferencia de lo que ocurre en la novela de Hesse, en Guayaquil parece que ya no hay tragedia existencial ni hay conciencia del conflicto. En el mundo salvaje de todo vale, el narcotráfico y el crimen organizado han hecho doctrina y hogar. No dudo que en esta ciudad existe gente que representa los valores de octubre, que trabaja y emprende. Después de todo, también eso es parte de nuestra historia. Pero el gran problema es que a esa gente ni se la ve ni se la siente.

Uno se queda con la amarga impresión de que el mono estepario derivó todos los vestigios de civilización, y de que no hay ninguna luz amable que raye en el oriente. (O)