En tiempos remotos, los villanos de los dramas televisivos eran los asaltantes de caminos. Como el recordado Jesse James, que igual atracaba bancos o propiedades, y era hasta cierto punto una especie de Robin Hood empático, por sus supuestas reivindicaciones sociales.

Con los años, y cada vez con mayor calidad de producción, el foco se fue moviendo hacia otros malos: los de algún ejército “invasor”, derrotado finalmente por los buenos occidentales; o desalmados atracadores, que secuestraban y ejecutaban personas sin inmutarse; o los capataces de campos de concentración. Y de entre ellos, sicópatas con dobles vidas, que aparentan ser ángeles cuando son verdaderos demonios.

Toda esa hemorragia creativa de guionistas de antaño y de hace poco también parece haberse unido y consolidado para perfeccionar nuevos villanos, dignos de los tiempos, y cuya arma de destrucción masiva es un teclado o un smartphone. Sí, parecidos a objetos que usted compró, con diversidad de esfuerzos, para aquel gamer que pasa interminables horas encerrado en su habitación y que entra en metamorfosis violenta cuando algún fallo eléctrico le afecta la internet.

La tecnología, que es un avance científico merecedor de todos los aplausos, está consolidándose paralelamente como un proceso en que hacer el mal está igualmente facilitado. Incluso exacerbado cuando el internauta se aburre y comienza a buscar en la red clara u oscura un shot de adrenalina que lo reactive. En ese contexto, que los nuevos malos de las películas y series que consumimos a diario (y a ratos, sin límite) sean científicos digitales o programadores web resulta casi natural.

Pasé, de hecho, recientemente por una de las plataformas de streaming donde una insignificante pareja de nerds, con todos sus juguetes afinados y una buena dosis de exageración digital, resultan ser quienes deciden quién vive y quién no; ejecutan venganzas y trastocan realidades, con inteligencia artificial, lo que hace que los consumidores de su trabajo cuasiartístico se la crean y actúen en consecuencia. Estos nerds son discípulos del “ilusionista” del cine, pero a la vez muy lejanos de esos villanos de carne y hueso que Batman enfrentaba a golpes. Y en el guion les va tan bien, cumpliendo cada una de sus aberraciones digitales, que ya nuestros jóvenes empiezan a emular y creer que la vida es la de la realidad virtual. Más preocupante aún: no ven mal aplicar alguna de esas “técnicas” en su pequeño mundo digital.

He venido observando esta situación desde hace un tiempo, con preocupación de que se vuelva “normal” tener un “lobo solitario” en el dormitorio de al lado. Como aquellos que, en el primer mundo, se dejan inocular el odio digital por fanáticos que los manipulan a través de una pantalla, y salen a disparar a la escuela en que radican sus más profundos y retorcidos desprecios. Pero mi mente hizo crisis al enterarme de que, muy posiblemente, en la saga venidera de lo que fue una tierna película animada de juguetes que cobran vida el villano será esta vez una tablet. Guionistas, ¡por favor!, si no ayudan con el combate doméstico del abuso de la tecnología, tampoco empeoren la situación. (O)