He visto y escuchado muchos analistas anunciando y a veces sentenciando el fin del orden mundial existente en el Ecuador y en otras partes del planeta. El reconocido teórico Amitav Acharya generalmente protesta diciendo que ya el orden “liberal internacional” estuvo comatoso desde hace rato y lo que existe ahora es un orden “multiplex.” Un orden con varios liderazgos regionales y temáticos, que no necesariamente pasan por Washington o Bruselas. La consolidación del regionalismo asiático vía diferentes instrumentos de apertura de mercado como el Recep con China, el Acuerdo Transpacífico y el mercado común vigente entre los miembros de Asean es una prueba de ello. Pero lo es también África, con el primer tratado de libre comercio continental y con una Unión Africana que, con problemas presupuestarios como todos los demás, sigue defendiendo un orden basado en reglas.
El disruptor del sistema tiene nombre y apellido: Donald Trump y representa al país más poderoso con los sistemas militares más letales del planeta. Es su administración la que está dispuesta a romper todas las reglas de convivencia internacional y dejar sentado que la fuerza es su derecho, sin ambages ni contemplaciones. Son las mismas motivaciones las que lo llevan a pulverizar cuanta institución internacional fue creada por ellos mismos, incluyendo los pilares de seguridad de ese orden: la OTAN y Naciones Unidas, esta última con el Consejo de Paz al que seguro el Gobierno ecuatoriano quisiera ser invitado, tras dejar de pagar las cuotas de la ONU, convirtiéndonos en el segundo país más en mora del mundo y el más aislado del continente cuando de respeto a principios internacionales se trata.
Los lectores pueden colegir de todos estos ejemplos que el “orden mundial” no ha llegado a su fin, es el liderazgo estadounidense, como portaestandarte de la justicia, la libertad, la democracia y los derechos humanos el que ha decidido que ya no le interesa defender ninguno de estos principios ni siquiera en su propio territorio, peor en los estados que siempre ha considerado por debajo de su estatura, incluyendo ahora a Europa Occidental.
La única crisis es que los líderes mundiales se nieguen a ver más allá del velo puesto por EE. UU. en la gobernanza global. Los países podrían restaurar el Panel de Apelaciones de la Organización Mundial de Comercio, que ha estado paralizado básicamente por el sistemático bloqueo estadounidense. Y seguir trabajando. La Unión Europea podría dejar de mendigar reducciones de aranceles que sabe que Trump no va a cumplir y controlar sin miedo ni vacilaciones el abuso de compañías tecnológicas estadounidenses en redes sociales y la obligación de comprar estadounidense. Y América Latina podría unirse al menos para demandar exenciones arancelarias a cambio de apoyo en la lucha antinarcóticos. La verdadera crisis es en países aislados, sin estrategias, tratando de quedar bien y complacer a un antiguo socio y aliado que ahora ha decidido extorsionar. Si seguimos así, esto dejará de ser un ejercicio de relaciones internacionales y se convertirá en otro de redes de crimen organizado transnacional, sin principios y sin agenda. (O)










