La “Provincia negra”, no por el color mayoritario de su gente, sino por los sucesivos incendios de la refinería, que tornan árboles, caras, calles, ríos y plantas de un mismo color: negro.
No fue un incendio cualquiera: fue un incendio que respiró la ciudad. Conocemos los riesgos que supone una refinería sin mantenimiento adecuado. Desde la mañana del 30 de enero densas nubes negras comenzaron a desplazarse sobre barrios habitados, sobre casas sin distancia de seguridad, sobre una población que no fue diseñada para convivir con el fuego industrial. El humo avanzó, espeso, visible, irrespirable. No era una metáfora: era combustión real, partículas suspendidas, dioxinas viajando en el aire.
En Esmeraldas, la refinería no está lejos: está encima. Encima de la vida cotidiana. Encima de los pulmones de niños, ancianos, trabajadores, mujeres embarazadas. Encima de un río del que depende buena parte de la ciudad.
La gente lo sintió antes de que alguien lo explicara. El olor penetrante. La garganta irritada. Los ojos que arden. La lluvia cayó y no refrescó: manchó. Oscureció. Dejó hollín sobre los autos, sobre la piel. Una llovizna extraña, densa, que despierta una pregunta peligrosa: ¿qué está cayendo del cielo?
Los bomberos trabajaron por turnos, sin descanso, mientras el incendio se reactivaba en una segunda piscina. Se pidió agua, hidratación básica para quienes combatían el fuego. El COE no activó mesas. Se monitorea, se evalúa, se espera.
También el río Teaone recibió su parte: una película de combustible, sedimentos arrastrados por la lluvia, hollín. Nada espectacular. Nada cinematográfico. Solo lo suficiente para alterar un ecosistema del que depende la vida diaria de miles de personas.
Y entonces llegó la frase oficial, dicha con una ligereza que lastima: “El evento está ya controlado por el equipo de contraincendios… no hay personas afectadas, ni impacto en la operación de la refinería”.
Parece ser que no ha pasado nada. Nada, cuando el cielo se oscurece a plena mañana. Nada, cuando el aire obliga a cerrar ventanas y pulmones. Nada, cuando se teme por enfermedades respiratorias, cutáneas, digestivas. Nada, cuando llueve y la gente mira para ver si la lluvia es agua o advertencia.
Decir que todo está bien no es solo negar un hecho: es negar a la población. Es pedirle a una ciudad entera que dude de sus sentidos, que desconfíe de su propio cuerpo, que aprenda a callar lo que ve, lo que huele, lo que respira. Es normalizar lo anormal. Es ejercer una forma de violencia que no deja moretones, pero sí miedo, resignación y silencio. Es carecer de empatía y, una vez más, dejar a la provincia verde a su suerte, como si el humo no tuviera consecuencias, como si el aire no enfermara, como si el tiempo no pasara factura.
Esmeraldas no necesita discursos tranquilizadores ni frases hechas. Necesita verdad. Información clara. Medidas preventivas. Acompañamiento real. Respeto. Porque cuando el humo es visible y el olor es insoportable, cuando la gente cierra ventanas y aguanta la respiración, cuando la lluvia deja marcas y no alivio, lo verdaderamente tóxico no es solo lo que flota en el aire. Es la costumbre de minimizar el daño. De relativizar el riesgo y dejar a una provincia entera respirando consecuencias. (O)













