Ver las noticias sobre misiles asociados a Irán puede dar la impresión de que estamos presenciando el inicio de un conflicto. En realidad, es más bien la culminación visible de una guerra más antigua. Nos escandaliza la balística, pero solemos padecer de amnesia histórica. Mucho antes de que los proyectiles cruzaran las fronteras de Oriente Medio, el régimen de los ayatolás ya había lanzado otra ofensiva. No contra bases militares ni ciudades, sino contra el pensamiento libre. Sus primeros objetivos fueron los escritores y los artistas.
El 14 de febrero de 1989 marcó el inicio de esta ofensiva. Cuando el ayatolá Jomeini emitió su fetua condenando a muerte a Salman Rushdie por la publicación de Los versos satánicos, no solo censuraba un libro, sino que disparaba un misil ideológico. Esa sentencia cobró víctimas reales: el traductor japonés Hitoshi Igarashi fue asesinado, el traductor italiano Ettore Capriolo y el editor noruego William Nygaard resultaron heridos, y treinta y tres años después el propio Rushdie perdería un ojo tras ser atacado en Nueva York. La paradoja es que la persecución opacó la obra. Los versos satánicos es un logro de escritura y una exploración del desarraigo multicultural. Es una novela que se abre en dos ramales: las vidas paralelas de un actor, Gibreel Farishta, y un locutor, Saladin Chamcha. Tras caer de un avión que sufre un atentado en pleno vuelo, Chamcha se metamorfosea en una figura con cuernos y pezuñas, emblema de los tormentos del migrante anglófilo. La apuesta de Rushdie consiste en imaginar un mundo alternativo, creando un espacio conjetural donde las revelaciones se ponen en entredicho. Al multiplicar perspectivas y subtramas, la novela revela que las obras de la cultura, la política y la religión son construcciones humanas, no dictados infalibles.
Esta censura inspiró a otros radicalismos. En 1994, el premio nobel egipcio Naguib Mahfouz fue apuñalado en El Cairo, en un atentado justificado por líderes extremistas que invocaban el caso Rushdie como precedente. ¿Pero qué había en la literatura de Mahfouz para despertar semejante ira letal? La respuesta se encuentra en su obra capital, Hijos de nuestro barrio. Aunque la condena original y la censura de este libro provinieron de los teólogos sunníes de la Universidad de Al-Azhar en Egipto, fue el clima de hostilidad transnacional desatado por la fetua iraní el que reactivó el odio asesino décadas después. La novela de Mahfouz molestó profundamente a los fundamentalistas por su brillante uso de la alegoría y la metáfora. Mahfouz tuvo la audacia de escribir una historia espiritual de las religiones disfrazada de un relato costumbrista sobre las disputas de poder en un callejón de El Cairo. Para los clérigos, era una blasfemia imperdonable personificar y humanizar a Dios a través de la figura de Gebelawi, el anciano patriarca del barrio, un hombre poderoso, inalcanzable, pero revestido de características y defectos puramente terrenales, cayendo así en el pecado del antropomorfismo. En los últimos capítulos aparece un personaje llamado Arafa, que encarna a la ciencia y la modernidad. Arafa utiliza sus conocimientos para mejorar la vida del barrio. En su afán por descubrir los secretos de la gran mansión, provoca accidentalmente la muerte de Gebelawi. Para los teólogos de Al-Azhar, esto era una inaceptable declaración literaria de que la ciencia había asesinado a Dios y de que la religión era obsoleta.
Dentro de sus propias fronteras, el Estado teocrático iraní orquestó en la década de los 90 los llamados “asesinatos en cadena”, una purga sistemática que aniquiló a decenas de miembros de la Asociación de Escritores Iraníes. Entre las víctimas se encontraban traductores y ensayistas, como Mohammad Mokhtari y Mohammad Jafar Pouyandeh, y líderes opositores, como Parvaneh Eskandari y Dariush Forouhar. Incluso en el exilio, el cantante Fereydoun Farrokhzad fue asesinado en su apartamento en Alemania. Esta aversión a la imagen y a la narrativa independiente explica también el ensañamiento contra la novela gráfica Persépolis, de Marjane Satrapi, publicada en el año 2000, que transformó el lenguaje del cómic en un poderoso testimonio autobiográfico sobre la revolución iraní y la guerra entre Irán e Irak. Con un estilo visual austero en blanco y negro, Satrapi narró su infancia y adolescencia durante la instauración de la República Islámica. A través de los ojos de una niña, el lector observa la pérdida progresiva de libertades: la imposición del velo obligatorio, la vigilancia ideológica en las escuelas, el miedo constante que se instala en la vida cotidiana. El libro tuvo un enorme impacto internacional y fue adaptado al cine en 2007. En Irán, sin embargo, la obra permanece prohibida. Satrapi vive desde hace años en Francia. En 2023, junto con otras artistas, publicó la novela gráfica Mujer, vida, libertad, editada en español por Reservoir Books.
El acoso se extendió. El cine iraní ha operado bajo asedio. Directores como Jafar Panahi y Mohammad Rasoulof han enfrentado años de prisión y la prohibición legal de filmar. El rapero Toomaj Salehi enfrentó la amenaza de la horca por sus canciones; el músico Shervin Hajipour fue condenado a prisión por componer Baraye; y la actriz Taraneh Alidoosti fue recluida en la prisión de Evin por mostrar su cabello y sostener un cartel. En esa misma prisión, el Estado dejó morir al poeta Baktash Abtin en 2022, al negarle atención médica.
¿Qué le falta a un Estado, o a un individuo que empuña un cuchillo, para ensañarse con un poema, una película o una novela gráfica? Les falta imaginación. Son gestores de un fanatismo que encubre una ferocidad victimista y ofendida que se vuelve asesina. Cuando la imaginación incomoda, se comprueba que se acabó el espíritu creativo y la libertad. Occidente toleró que esas bombas metafóricas cruzaran sus fronteras, asumiendo que la censura a un novelista en el extranjero, o a una cineasta en Teherán, no alteraría su propia estructura democrática. Se equivocaron. La defensa más simple —y quizá la más eficaz— sigue siendo leer a los proscritos. Allí donde circulan libremente Los versos satánicos, Persépolis o Hijos de nuestro barrio existe una libertad que millones de iraníes todavía reclaman. Recordarlo no justifica ninguna guerra arbitraria contra Irán ni simplifica la compleja realidad de su sociedad. Pero sí permite comprender algo esencial: que la defensa de la imaginación también forma parte de la historia de nuestro tiempo. (O)













