En 1979, el primer ministro británico James Callaghan regresó de una cumbre internacional mientras su país vivía semanas duras: servicios colapsados, huelgas y un deterioro evidente del ánimo social.
Cuando un periodista le preguntó al político si entendía lo que estaba ocurriendo, este le respondió con suficiencia: “Crisis? What crisis?” (“¿Crisis?, ¿qué crisis?”).
Esa frase terminó por quebrar la confianza pública: un gobernante que no ve lo que tiene frente a los ojos pierde algo más profundo que apoyo político.
En Ecuador ha ocurrido algo que no puede acabar del mismo modo.
La consulta popular y el referéndum del pasado domingo 16 de noviembre, convocados para validar al Gobierno, terminaron funcionando como una gran advertencia para el mismo.
El país no rechazó preguntas técnicas: rechazó la desconexión entre la política y la ciudadanía.
El voto negativo no respondió al contenido puntual, sino a una percepción sostenida: el Gobierno no está atendiendo lo inmediato, lo urgente ni lo que afecta la vida diaria.
Y, en Ecuador, la vida cotidiana pesa más que cualquier reforma: al día de hoy, la gran mayoría de ecuatorianos evalúa lo que cambia su día, no lo que promete cambiar en un par de años.
Cuando un gobierno pierde esa conexión, la solidez técnica de sus iniciativas deja de importar.
La política no se sostiene solo con argumentos: se sostiene con dirección. Con la sensación de que quien gobierna entiende lo urgente y tiene un plan para enfrentarlo.
Lo que faltó no fue más discurso ni más pedagogía. Faltó dirección.
Desde el inicio ha estado ausente un plan visible, una hoja de ruta comprensible, un orden de prioridades que distinga lo urgente de lo importante.
Las emergencias del país no pueden seguir tratándose por “orden de llegada”.
Pero no todo es negativo.
Con madurez y voluntad política real, el Gobierno puede recuperar el terreno perdido y, sobre todo, hacer lo que aún no ha emprendido.
Este es un momento para reenfocar: para reconectarse con las necesidades y aspiraciones ciudadanas y organizar la agenda con criterio. Qué debe resolverse primero, qué puede resolverse rápido y qué debe construirse con más tiempo.
Todo esto sin ceder un solo espacio frente al crimen organizado, pero entendiendo que ningún país se sostiene únicamente en un frente.
Lo que faltó está claro.
Lo que debe hacerse también.
La diferencia estará en cómo se decida responder: como un tropiezo que ordena y corrige, o como una advertencia que se deja pasar.
La historia de Callaghan debería servir de recordatorio: cuando un gobernante no ve lo que tiene frente a los ojos, la ciudadanía termina mostrándoselo de la única manera que le queda. Y, para entonces, ya no hay margen para correcciones.
La señal está ahí. No pide dramatismo; pide dirección y velocidad. (O)











