El jefe religioso dio permiso a los hombres para quebrar los brazos o piernas de las mujeres que no les obedecen, me dice con un asombro que roza el espanto la vecina en la tienda. La ONU declara que la violencia contra las mujeres no es un problema aislado ni culturalmente específico, sino estructural y persistente. Por eso, declara la violencia contra las mujeres como una emergencia global.
¿Qué tiene la mujer, en concreto su cuerpo –su carta de presentación en el mundo–, que genera violencia de manera sistemática?
El 8 de marzo gran parte del mundo celebra el Día de la Mujer. El hecho mismo de celebrarlo revela que, en algún momento, la conciencia colectiva despertó ante una presencia históricamente relegada y reconoció la necesidad de afirmarla en dignidad, derechos y posibilidades.
Pero ese reconocimiento no se agota en la conquista de espacios ni en la disputa de roles. Remite a algo más hondo: la mujer muestra una manera de estar en el mundo y de comprender la vida que no pasa por la corpulencia ni por la exhibición de poder.
Más allá de toda discusión ideológica, el cuerpo de la mujer expresa una experiencia singular de relación con la existencia. En él habita la experiencia originaria del recibir y del soltar. Ese conocimiento guarda una sabiduría que nuestra cultura –obsesionada con el control, la eficacia y el dominio– parece haber olvidado: la vida se acoge, no se controla. Se acompaña, no se posee. Se cuida y se entrega.
Más allá de la maternidad biológica, la mujer está llamada a cobijar vida, custodiar lo vulnerable, sostener lo frágil, acompañar procesos, permitir que lo que nace llegue a ser. Dar a luz –física o espiritualmente– supone riesgos, exige paciencia, implica soltar. Enseña respeto por los tiempos profundos de la vida. Esto revela una verdad sencilla y decisiva: toda vida es interdependiente. Existir es coexistir.
De esa comprensión nace una visión de la paz como reconocimiento del otro –todo otro–, personas, comunidades y pueblos cuya diversidad sostiene el tejido invisible que hace posible la convivencia.
Sin embargo, nuestro tiempo avanza en dirección contraria. La paz se presenta como fruto de la guerra. La violencia se vuelve lenguaje habitual, la corrupción erosiona la confianza, la eficacia sustituye a la justicia y la fuerza pretende imponerse como solución.
Frente a esta realidad, la experiencia inscrita en el cuerpo de la mujer adquiere una dimensión política, a pesar del rechazo milenario. No como privilegio ni superioridad, sino como responsabilidad histórica: recordar que el poder tiene límites, que toda existencia merece cuidado y que ninguna sociedad sobrevive despreciando la fragilidad humana.
De ahí nacen tareas concretas: revelar lo que destruye la vida, denunciar lo que degrada la dignidad, cuidar vínculos cotidianos, educar para la cooperación, acompañar procesos de transformación y sostener lo nuevo que intenta nacer en medio de la oscuridad.
El cuerpo femenino recuerda a la humanidad que toda transformación verdadera requiere tiempo, cuidado y responsabilidad. Que la vida no se decreta: se incuba. No se impone: madura. No se conquista: se alumbra. Parir la paz es una tarea colectiva. El futuro nacerá si aprendemos a gestarlo juntos. (O)











