Si bien anoto cada lectura que hago, no estoy en disposición de hacer la consabida lista de los libros del año. Jamás he borroneado metas en la creencia de que el calendario dirige la totalidad de la existencia. Admito que manda en materia laboral, que las obligaciones tienen fecha y hora fijas, pero el infarto del mes de noviembre me golpeó en un momento feliz y algunos fallecidos que conozco no han respetado las celebraciones de diciembre.
Frente a estos hechos, el calendario no aporta nada. Al contrario, nos ayuda a aceptar lo impredecible y a vivir como si el día presente fuera el último. Y esa actitud puede ser sabia y generosa, porque la existencia la mayoría de las veces es un contrato que firmamos con los demás, ya sea en pequeño o gran círculo. Por tanto, ese “último día = cada día” bien puede ser una creación original e ingeniosamente diseñada en la que quepan muchas cosas, los actos de la despedida, los que causen más satisfacción y los que acojan con más amplitud a seres queridos.
Debo admitir que esta actitud calza más con la edad avanzada. Los padres de familia están obligados a mirar hacia el futuro de los hijos, planificando su educación y previendo los peligros que nuestro mundo abre ante sus pies (cómo dejar de temer las drogas, la inmersión en las redes sociales que dificulta la concentración; la frivolidad y el consumismo). El presidente de la República ha sido elegido, precisamente, para que diseñe una ruta y conduzca a la sociedad hacia la solución de sus más agudos problemas, igual que las autoridades que aceptan la enorme responsabilidad de darle cara al porvenir. Yo misma fui una tenaz avizoradora del tiempo en mis numerosos años de maestra y autoridad educativa. Entonces, no pesaba el imperativo de calendarizarlo todo, de vivir atada a varias agendas y de respirar con alivio cuando se alcanzaba un objetivo.
Ahora, soy más libre, aunque escribir abra las ventanas de la imaginación, junto con la de los temores. Y no me deja totalmente tranquila que Putin dispare una bomba atómica –vivo mis últimos años–, o que los aranceles impuestos por los EE. UU. nos limiten en la necesidad de compras. Hay demasiados jóvenes sin oportunidades en mi torno, como para no sentir que una red invisible los atrapa en la inmovilidad y anula sus sueños. El futuro es de los demás y quisiera intervenir en las soluciones que exigen a gritos, en el “nuevo” país que les han prometido. Pero ya no me corresponde, aunque barbotee estas palabras pensando en ellos.
Claro que podría hacer una larga lista de lecturas –las redes están llenas de ellas: los mejores 50, o 25, hasta 10–. A muchas las he tomado en cuenta en estas columnas, a medida que he ido leyendo, así como otras se quedan sin mención, aunque lo merecerían. Es natural que mire más hacia atrás que hacia adelante, pero también podría referirme a los libros que quiero consumir y esperan su turno, que ya hay suficiente material como para estirar la mano, dirigida por lo que dicen los críticos o los lectores comunes. Eso es proyecto, propósito, meta. Tal vez, bastaba ponerme a escribir esta columna para darme cuenta de que el ser humano es el único animal que puede diseñar su futuro, con excepción de esas ardillas que almacenan comida para esconderse del frío invierno. (O)










