El reciente artículo de Cecilia Ansaldo en Diario EL UNIVERSO me dejó una inquietud persistente, casi física. La llamada lista de Jeffrey Epstein exhibe la escoria humana en toda su bajeza: poder sin límites, cuerpos convertidos en mercancía, conciencias reducidas a despojos. Un espejo oscuro donde la condición humana aparece degradada hasta lo irreconocible.

Pero no necesitamos mirar tan lejos. En Ecuador cada día se destapan casos de corrupción que apestan. Funcionarios, jueces, autoridades, redes criminales infiltradas en lo público. Escándalos que no solo comprometen recursos o instituciones: erosionan algo más profundo. Van desgastando, lentamente, la confianza en la humanidad de la que todos formamos parte. Y ahí comienza el verdadero derrumbe.

Porque cuando dejamos de confiar, el tejido invisible que sostiene la vida en común empieza a desgarrarse. La sociedad no se mantiene únicamente por leyes, controles o discursos, sino por un pacto silencioso que rara vez nombramos. Vivimos porque confiamos. Confiamos en el chofer que nos transporta, en quien prepara nuestros alimentos, en el médico que nos atiende, en el vecino que cuida la casa, en la palabra dada. Confiamos casi sin advertirlo.

La confianza es la arquitectura secreta de la convivencia.

Cuando esa arquitectura se resquebraja, todo tiembla: las relaciones, la vida pública, la esperanza colectiva, la posibilidad misma de reconocernos como comunidad. Sin confianza, la sospecha se vuelve norma; el miedo, hábito; el otro, amenaza. El país se convierte en territorio de extraños.

Tal vez el desafío de este tiempo no sea únicamente denunciar la corrupción –aunque denunciarla es indispensable–, sino rescatar aquello que la corrupción destruye con mayor eficacia: la confianza.

Porque la corrupción no solo roba dinero. Roba vínculos, vacía el sentido de la palabra, instala la sospecha como forma de convivencia y convierte la astucia en virtud pública. Y así, casi sin darnos cuenta, la sociedad termina admirando lo que debería avergonzarla.

Nos acostumbramos al escándalo diario, al cinismo elegante, a la impunidad convertida en paisaje. Nos acostumbramos a la idea de que nada puede ser distinto. Tal vez esa sea la victoria más perfecta de la podredumbre: convencernos de que lo humano es irremediablemente mezquino.

Pero no. Desenterrar la confianza es hoy un acto de resistencia silenciosa. Cuidar la palabra, sostener la dignidad, negarse a la trampa cuando parece el único camino, apoyarnos unos a otros para preservar lo esencial. Gestos mínimos, casi invisibles, que impiden que el mundo se derrumbe del todo. Porque un país no se reconstruye solo con reformas o decretos. Se reconstruye cuando sus ciudadanos deciden no renunciar a su humanidad.

El propósito de estar no puede ser aprender a convivir con la basura moral ni perfeccionar nuestra capacidad de indignarnos cinco minutos antes de seguir como siempre.

El propósito es más exigente. Más incómodo. Más radical.

Cuando la confianza muere, la sociedad sobrevive apenas como mecanismo, pero deja de ser comunidad. Funciona, produce, continúa. Pero ya no vive. Y acaso la única tarea verdaderamente digna que nos queda sea esta: impedir esa muerte. Solo la obstinación de seguir siendo humanos. (O)