Produce pavor mirar las noticias. No solo por lo que muestran las imágenes –bombardeos, ciudades destruidas–, sino por algo aún más inquietante: la tranquilidad con que se narran. Los presentadores analizan los movimientos militares como si describieran un partido. Estrategias, avances, retrocesos, cálculos sobre quién resistirá más. La guerra convertida en espectáculo.

Casi nadie habla de las personas que las padecen. De las familias que corren buscando refugio, de quienes buscan a sus hijos, de quienes simplemente intentan sobrevivir.

Mientras tanto, en nuestro país, el ambiente se ha llenado de señales inquietantes: sirenas, uniformes, operativos, vehículos militares recorriendo las calles. No sabemos exactamente qué ocurre, pero percibimos que algo profundo se mueve bajo la superficie. Junto con todo ello aparece un sentimiento difícil de nombrar, una mezcla de miedo y expectativa. La pregunta empieza a circular en voz baja entre muchos: ¿qué está pasando realmente?, ¿hacia dónde nos conduce todo esto?

En análisis sobre los conflictos internacionales aparece otra afirmación repetida: muchos soldados no temen a la muerte porque creen que, al morir, encontrarán el paraíso. Esa convicción contiene una fuerza enorme. Quien no teme morir se vuelve casi invencible. Puede entregarlo todo, incluso la propia vida.

Esa fuerza puede ser profundamente luminosa cuando se pone al servicio del bien, pero se transforma en energía devastadora cuando está al servicio de la destrucción.

La historia humana está llena de ejemplos. Las cruzadas son una muestra. Durante siglos, pueblos enteros marcharon a la guerra convencidos de que Dios estaba de su lado.

Tampoco las sociedades que se declaran sin Dios parecen haber resuelto el problema. En algunos lugares los líderes terminan volviéndose figuras casi intocables. Quizás entonces el problema no sea simplemente Dios. Tal vez durante demasiado tiempo hemos imaginado a Dios arriba, lejos, como una bandera que se levanta sobre los ejércitos.

¿Y si el descubrimiento fuera otro?

Cada ser humano lleva dentro una chispa del origen del universo. Somos literalmente polvo de estrellas, parte de una historia cósmica que comenzó mucho antes de nosotros y que continúa latiendo en cada célula de nuestro cuerpo.

Sabemos enviar telescopios más allá de nuestra galaxia, pero aún comprendemos poco del misterio que nos habita.

El psiquiatra Viktor Frankl escribió que cuando ya no podemos cambiar una situación el desafío es cambiarnos a nosotros mismos. Tal vez ahí comienza todo.

Las sociedades cambian cuando cambia la manera en que los seres humanos se miran unos a otros. Cuando dejamos de ver enemigos y empezamos a reconocer vidas. Quizá por eso, en tiempos en los que la violencia parece multiplicarse en todas partes, el gesto más profundamente humano sea el más simple y el más difícil: no acostumbrarnos. No acostumbrarnos al dolor de los otros. No acostumbrarnos a que la muerte se vuelva noticia cotidiana. No acostumbrarnos a que la violencia parezca inevitable. Porque el día en que nos acostumbremos a mirar la violencia como algo normal, ese día habremos empezado a dejar de ser humanos. (O)