No se trata de ser santos, sino correctos. Tampoco héroes, sino ciudadanos cumplidores. Los primeros se alejan del “mundo, demonio y carne”, como nos enseñaron en las catequesis, cosa imposible de obedecer porque somos cuerpo y estamos instalados en el mundo (en el demonio no creo, sino en la humanidad cuya probada capacidad para el mal no deja duda). Pero la corrección y la condición ciudadana están al alcance de todos. Se trata de ajustar el comportamiento a valores básicos y a reglas del sano convivir. Pero vivimos en un punto histórico en que todo parece estar estropeado.

Rechazo enfáticamente la actitud que sublima el pasado, mas reviso con recuerdos y lecturas escenas de la vida cotidiana de hace 50 años: yo esperaba el bus de mi colegio a dos cuadras de mi casa y caminaba esas calles con máquina de escribir en la mano y jamás nadie atentó contra mi propiedad; mis compañeras nunca tomaron mis útiles y mi madre me insistió en que jamás se perturba al prójimo con peticiones. Ese breve círculo de conducta, se repetía en miles de hogares y personas. Es verdad que las monjas educadoras se inventaban motivos de “castigo” monetario y mi padre me hacía ver que no estaba bien. Tal vez de allí extraje mi agudo sentido crítico.

Hoy muchas cosas han cambiado… para mal. El tomar las cosas ajenas va desde las pequeñeces (si un camión repartidor tiene un accidente, la gente corre a desvalijar su carga) hasta los grandes hurtos que “no se sienten” porque se roba al Estado, en dinero y en trabajo (cuando las obras públicas son de pésima calidad: en diciembre “las mejoras” de la Alcaldía llegaron a mi calle y hoy, solo dos meses después, ya exhiben baches). Digan lo que digan las autoridades de turno, este es un país mal mantenido y abandonado, respecto de tareas por las que pagamos impuestos.

La conducta política del país más poderoso del mundo es la demostración de que las leyes internacionales se pisotean a decisión casi habitual de su presidente, que ataca a quien desea y hace tratos solamente con quien se atiene a su accionar arbitrario. El manejo de los aranceles es castigador y estar bien con él supone ojos ciegos y complicidad. Que Estados Unidos, Israel y Rusia ataquen a países, sin la menor observación a las organizaciones mundiales y sus pactos, a población civil, haciendo gala de sus armas de alta tecnología es una elocuente muestra de que todo lo ganado después de la Guerra Fría, ya no cuenta.

La insistencia en identificar modos de acción de izquierdas y de derechas parece una baza inútil de los análisis. Como siempre en la historia, se trata de los más fuertes -en materia armamentística, combustibles y tecnología– contra los débiles, que ni siquiera pueden arreglar sus problemas internos y se ven acosados por quien llega de fuera a “solucionar” sus mal entramados gobiernos. ¿A quién puede convencer que la justicia llegó a Venezuela, manteniendo a la casi totalidad del corrupto gobierno chavista?

Apeada de mi condición de maestra, me pregunto hoy, qué le dicen los profesores a los adolescentes y jóvenes a la hora de analizar el presente. ¿A qué rasgo de la condición humana apelan para orientar miradas a la realidad y solidaridad por el prójimo? ¿Y los sacerdotes que deben hablar sobre este reino para ser merecedores del otro? (O)