Hay momentos en que el mundo nos desconcierta. Lo sucedido en Venezuela no es un episodio aislado ni una anomalía regional, es una grieta que atraviesa, la democracia, la política, la ética y la idea misma de paz.

Nicolás Maduro es un déspota que desconoce la voluntad de su pueblo, ha destruido su institucionalidad y arrastrado al país a un colapso del que dan cuenta millones de venezolanos exiliados. No emigraron por capricho: huyeron. Caminando kilómetros, enfrentando múltiples peligros. No se trata de un problema ideológico, es una realidad lacerante.

Duele más porque Venezuela fue otra cosa. Fue potencia económica, faro cultural, país de vitalidad y promesa. Nada de eso se pierde por azar. Se pierde cuando el poder se divorcia del pueblo, cuando se convierte un sistema nefasto donde todo vale y la corrupción es solo parte del entramado, peldaño para la riqueza de sus gobernantes cualquiera sea su ideología.

Lo ocurrido no interpela solo a Venezuela. Que el presidente Trump se erija en árbitro de lo que está bien o mal y asuma el rol que por principio corresponde a la ONU, expone el fracaso del sistema internacional. La intervención externa deja al desnudo a unas Naciones Unidas paralizadas, atrapadas en el derecho a veto, incapaces de prevenir, impedir o encauzar los conflictos antes de que estallen. Los pronunciamientos posteriores de los Estados no revierten los hechos: apenas intentan acomodarse a ellos.

Para quienes hemos defendido que la paz es fruto de la equidad y la justicia, lo sucedido es causa de un profundo interrogante. La historia insiste en lo incómodo: casi siempre la paz se impone por la fuerza. Trump lo dice sin rodeos, y lo inquietante es que, salvo pocas excepciones, la historia parece darle la razón.

Mandela, Gandhi, Martin Luther King demostraron que otro camino es posible, pero ninguno transitó sin dolor, cárcel, sacrificio o muerte. Nada fue limpio. Nada fue gratuito. Y no deja de ser revelador que en los grandes procesos políticos de paz las mujeres casi no aparezcan como protagonistas.

Por eso descoloca ver hoy a María Corina Machado aplaudiendo una intervención armada: no como juicio personal, sino como síntoma de un mundo que parece haberse quedado sin alternativas. Porque está claro que los venezolanos solos no podían sacar un régimen enquistado desde hace 25 años.

La pregunta entonces se vuelve inevitable: ¿podremos los humanos entendernos sin matarnos? Sin balas, sin palabras convertidas en armas, sin sanciones económicas que castigan más a los pueblos que a los tiranos. ¿De verdad no tenemos otra salida que la ley del más fuerte? ¿Dónde quedan la organización, la solidaridad y la construcción colectiva como herramientas reales de futuro?

Tal vez estamos viviendo un tiempo de parto. Y los partos duelen. Pero abren paso a una vida nueva. No como promesa segura, sino como posibilidad.

Se hace urgente una refundación de la ONU, sin vetos que legitimen la impunidad; y la incorporación de una espiritualidad no guerrera, entendida como comunión con lo vivo y lo hermoso.

Si aceptamos que la violencia es el único medio eficaz, entonces ya perdimos antes de empezar. El dolor puede enseñar, pero si es prolongado lleva al endurecimiento, desesperanza y la violencia de respuesta, un círculo devastador. (O)