La frase del título la mencionó Charles Chaplin en El gran dictador, y vuelve una y otra vez a mi mente al ver el país que somos hoy. Ecuador opina, analiza, piensa, dicta sentencias sociales y morales con una ligereza que espanta. Pero sentimos poco. Y esa carencia silenciosa pero persistente se nos ha ido saliendo de las manos, algo más grave que la seguridad: la pérdida de la dignidad.
Y es que, querido amigo lector, aprendimos a convivir con el horror, a naturalizarlo, a justificarlo, a ponerle simpáticos, ingeniosos o irónicos apodos a realidades profundamente trágicas. Y cuando una sociedad convierte al crimen en anécdota y la violencia en meme, algo profundo se nos rompió y no nos damos cuenta o nos negamos a reconocerlo. Nos acostumbramos a mirar sin ver, a escuchar sin conmovernos, a indignarnos sin profundidad.
Hace poco estuvo de boga el término las “narcobabies” que es un síntoma, no por el delito que evidentemente se debe investigar, lo verdaderamente alarmante fue la reacción social. Esa ligereza con la que se abordó un tema duro, por la velocidad con la que se convirtió en espectáculo, esa manera irrisoria de escándalo desplazó la reflexión profunda sobre la degradación casi imperceptible de nuestra referencia de ética.
Nos asusta el título, pero no el fondo; nos burlamos del nombre, pero no nos preguntamos qué dice de nosotros en un país donde el crimen se hereda, se normaliza o, peor aún, se admira. Donde la indignación pertenece a X y dura menos que historia de Instagram, donde las heridas del país compiten con el entretenimiento y casi siempre pierde.
Y es que ese es el verdadero problema. No solo perdimos sensibilidad frente al sufrimiento ajeno, sino que hemos rebajado nuestra propia dignidad o lo que quedaba de ella como comunidad. Aceptamos vivir en un estado de sobresalto, donde todo es gravísimo, pero no lo suficiente para hacernos pensar con humanidad. Todo se consume como pólvora: la noticia, el escándalo, la tragedia y el olvido.
Discursos de seguridad, mano dura, enemigos internos, estrategias, cálculos de riesgo, todo; pero la pregunta incómoda ¿qué nos pasó como sociedad para llegar a este punto? La compasión, la vergüenza, la responsabilidad colectiva, ¿dónde quedó?
La dignidad no son discursos ni castigos que ejemplifiquen. Se la recupera cuando dejamos de deshumanizar, cuando entendamos que la ley sin humanidad se vuelve fría, y una sociedad sin empatía se vuelve peligrosamente miserable.
No se trata de justificar al delito, sino de no permitir que este nos transforme en algo peor. De no dejar que el cinismo sea nuestra brújula. De no acostumbrarnos a pararnos en el filo del acantilado sin preguntar cómo evitar que el resto caiga al vacío.
Mientras no entendamos esto en este país, seguiremos en este círculo vicioso de violencia, escándalo, olvido. No necesitamos más control, necesitamos reconstruir nuestra dignidad, necesitamos volver a sentir, porque una sociedad que deja de sentir, empieza a perderse a sí misma y cae al abismo, por eso concuerdo en que pensamos demasiado y sentimos muy poco. (O)











