El tiempo pasa y hoy parecería que camina más de prisa. Y cuando menos lo pensamos terminamos con nuestro cuerpo encajonado en un ataúd del cual pocos se acordarán después.

Entretanto, caminamos sin rumbo cierto, porque nuestra existencia no depende de nosotros mismos, sino, en gran parte, de lo que decidan unos cuantos. Son ellos los que resuelven sobre nuestro destino sin importar el sufrimiento de los 8.300 millones de personas que conformamos el planeta. No son, quizás, más de diez los autodeclarados reyes del universo.

Y siempre ha sido así. Las guerras han sido nuestro patrón de conducta, por acumulación de poder, tierras y riquezas. Y fallecen los inocentes, los que nada tenemos que hacer con el conflicto, los más débiles, los más desamparados y los puestos como carne de cañón donde los manden. Y los que tienen la fortuna de volver vivos a su patria, lo hacen ya inservibles, con el cuerpo incompleto y la mente trastornada hasta el fin de su existencia.

Lo peor es que se da la más obscena opulencia contra la más terrible miseria. Mientras unos viajan en aviones que parecen edificios y hasta con retretes hechos a base de oro macizo, otros no tienen dónde dormir ni qué comer. Estados Unidos gastó más de 11.300 millones de dólares en los primeros seis días de guerra contra Irán, según publica este Diario el pasado 12 de marzo. Mientras 1.100 millones de personas agonizan diariamente y mueren de hambre, con los huesos pegados a la piel, sin morada, sin agua, sin pan, sin cobija. El contraste es demasiado grosero e imposible de justificar a la luz de la razón o de la compasión. Simplemente, no se entiende. Y la ley de que el pez grande se come al chico se sigue cumpliendo matemáticamente todos los días.

¿Hasta cuándo permitimos la barbarie? Mientras, la paz es algo cada vez más inalcanzable.

Es tan lejano como pretender ir a la luna y a pie. Parecería que la inteligencia del hombre solo sirviese para la destrucción, muestra de ello los “avances” que han sido mostrados al mundo en armamento, cada vez más sofisticado, con una gran capacidad para matar a la mayor cantidad de gente posible de un solo tajo.

¿Y el resto? ¿Los demás, que somos casi la totalidad? A nosotros nos toca ver la vida segada de los padres dejando a sus tiernos hijos en la orfandad, luego de haber pasado por los terribles momentos precedentes a la muerte. ¡Cuántos seres mutilados, desgarrados, malheridos, dejando su existencia en cualquier parte inesperada del planeta! Nada de eso importa, solo somos las marionetas que toleramos nos manejen desde las más altas cúpulas del poder mundial. ¡Cuántos niños deformados en guerrillas, cuántos jóvenes perdidos por las drogas, cuánta infelicidad sembrada día a día en el globo terráqueo! Una tierra que tiene de todo para que todos vivamos felices, cómodamente en el lugar que nos vio nacer, pero que nos es arrebatada por los “poderosos” hasta dejarnos en escombros.

Del otro lado, estamos los demás, aquellos que queremos un mundo mejor, un mundo donde solo tengan cabida la paz, la equidad, la bondad y la honestidad. ¿Será posible algún día? ¿Podremos recuperar la vida? (O)