Hoy se cumplen 118 años del nacimiento de Simone de Beauvoir, y no quiero dejarlo pasar. No fue solo filósofa, escritora, intelectual o símbolo del feminismo. Fue, sobre todo, una molestia. Una mujer que incomodó no únicamente por lo provocador de sus planteamientos, sino porque obligó a pensar.
No soy experto en Beauvoir, pero la presencia de sus ideas era tan fuerte en la universidad en la que trabajé, que era imposible no poner atención a la agudeza y fuerza de sus propuestas.
Hoy no quiero referirme a ella usando el feminismo como etiqueta, sino apelar a su visión crítica para confrontar un hecho preocupante: el empobrecimiento de la conversación pública y la ligera facilidad con la que se opina. Me inquieta ver cómo parte de una comunidad de opinólogos, semejante a los pistoleros más rápidos del oeste, ha convertido la velocidad del comentario en un valor superior al juicio crítico, disparando sus balas digitales inmediatas y mordaces frente a hechos sociales, políticos o deportivos, con escasa reflexión y nulo rigor.
Las redes sociales han transformado el comentario en reflejo. Se comenta sin leer, se comparte sin verificar, se juzga sin contexto. Tal vez ya no por mala fe, sino por hábito, diluyendo la responsabilidad intelectual. Por otro lado, hoy las opiniones se monetizan con likes y viralización. La opinión dejó de ser solo expresión y se convirtió en producto. Las plataformas premian la reacción inmediata, el comentario extremo, la frase diseñada para generar clics.
Opinar ya no es solo ofrecer una posición ante un tema: es captar la atención, competir por visibilidad y, en muchos casos, capitalizar la indignación. En ese escenario, el juicio crítico se vuelve un obstáculo y la ligereza, una ventaja. Pensar demora; reaccionar rápido es una inversión. Cuando la opinión se transforma en mercancía, el debate pierde profundidad y la conversación pública se degrada.
Resulta frustrante que, pese a los avances tecnológicos y la democratización de los espacios de expresión, estamos desaprovechando la posibilidad de construir una pluralidad de voces con peso, criterio y sentido.
Aquí tiene sentido recordar a Simone de Beauvoir, quien entendía que pensar no era un gesto neutro, advertía que toda palabra y toda acción nos comprometen, que no existe la inocencia intelectual cuando se habla de lo humano. Pensar implica asumir consecuencias. Por eso desconfiaba de las certezas rápidas y de las posturas cómodas.
Hablar de ella hoy no es un ejercicio de nostalgia intelectual. Es una provocación necesaria. En una época que celebra la opinión rápida y penaliza la duda, Beauvoir representa exactamente lo contrario: la convicción
de que pensar exige tiempo, rigor y una ética de la palabra. Que no todo debe decirse de inmediato, ni todo juicio merece ser emitido sin comprensión previa.
Ella nos recuerda que la libertad de opinar no nos exime de la responsabilidad de pensar. Y que una conversación pública sin pensamiento crítico no solo se empobrece: se vuelve vulnerable, manipulable y, en última instancia, irrelevante.
Tal vez por eso su figura sigue resultando incómoda. (O)










