Muchas personas a lo largo de sus vidas no logran encontrar el camino que los lleve a la felicidad. En ocasiones creen estar en el sendero correcto pero la vida misma les hace ver que el camino era equivocado. Algunos encuentran su camino con facilidad, otros nunca lo hallan.

Las caídas no deben conducirnos al fracaso. Deberíamos entenderlas como oportunidades para pensar y decidir mejor nuestro sendero. Las ideas centrales de toda existencia debieran ser: progreso, felicidad y paz. El progreso no se agota en las comodidades, tiene un importante componente de espiritualidad. La felicidad es la complacencia del alma, y la paz el éxtasis que se logra cuando nos realizamos como seres humanos.

¿La vida en el Ecuador facilita el progreso?, ¿la felicidad?, ¿la paz?

Parece obvio que no. La violencia, la inseguridad, las deficiencias de la administración pública son factores determinantes.

¿Cómo reconstruimos moralmente a este Ecuador plagado de disvalores, de vanidosos ridículos y de corruptos? Pues con una gran cruzada que toque las fibras del alma de la sociedad, empezando con el apoyo de quienes tienen poder para influir en la comunidad: los profesores, los padres de familia, los abuelitos, los sacerdotes, los líderes de opinión. Nos urge reconducir nuestras vidas, priorizar lo realmente trascendente, lo duradero, lo que nutre nuestra espiritualidad; necesitamos nuevas luces, renovadas orientaciones, liderazgos nobles.

La decadencia de la política partidista es contundente. Curiosamente la partida de Rodrigo Borja hizo visible la crisis de liderazgo que viven buena parte de los partidos políticos. Las leyes no producen liderazgos. Hoy encontramos pendejos por doquier. No hay que esforzarse para encontrarlos. No se los identifica por sus rostros sino por lo que hacen. Desde hace algunos años instituciones líderes en representar a los gobiernos sus errores guardan el más absoluto silencio, tienen una docilidad que conmueve.

La democracia se alimenta con las críticas y con los reconocimientos a los gobiernos, pero no se alimenta con el silencio. Yo he reconocido más de una vez en esta columna la valentía de los ministros del Interior y de Defensa en la lucha contra la delincuencia, así como la decisión del Gobierno en luchar por la seguridad. Pero creo que el Gobierno se equivoca al polarizar confrontaciones, al no priorizar las alianzas público-privadas. Ha dado un gran paso al presentar un proyecto urgente para levantar parte de los sectores estratégicos. Ello merece felicitación. Tiene ahora la ventaja de tener un abogado de primera como asesor jurídico.

La reflexión se impone en nuestras vidas, en las instituciones, en los colegios, en las universidades.

El cambio siempre es posible. Volver a comenzar también, aunque no desde donde quisiéramos, pero si no damos el primer paso seguiremos atrapados en la fatuidad de las redes sociales, en la admiración de la riqueza por la riqueza. Asumamos el reto del cambio, el desafío de volver a comenzar.

Emprendamos la cruzada por el progreso, el amor, la felicidad y la paz. Estamos a tiempo. (O)