Mi interés por la historia universal me ha llevado a imaginar qué habría sido de mí si hubiera nacido en otra época. ¿Sentiría la angustia de hoy si, por ejemplo, hubiera sido una habitante de la Edad Media, sujeta a los caprichos del señor feudal al que hubiera servido mi familia? ¿O una campesina que cultivaba la tierra y de repente sufría la rotura de su horizonte porque los reyes franceses, españoles y germanos habían desatado las guerras de religión? ¿O una indígena incásica obligada a casarse con un español porque toda su cultura era ya rehén de los conquistadores?
Pues nada, he vivido en dos siglos, he gozado de todos los niveles de educación, he asistido al esplendor de la tecnología, he experimentado la importancia de pertenecer a significativas organizaciones y, en mi avanzada edad, todavía tengo toda la información que quiero, a la mano. Ventajas de un mundo que corrió hacia el progreso en múltiples materias: me deslumbra saber que robots intervienen quirúrgicamente a las personas, que un aparato llamado computadora facilita todas las tareas de administración, educación, cálculos astronómicos y vida cotidiana. Que hay edificios llamados inteligentes que obedecen las órdenes humanas tan solo con la voz.
Como lectora impenitente, sé que los inventos que conocimos a través de esa variante literaria llamada ciencia ficción se han hecho realidad y que la vida en otros planetas está en la mira de las potencias económicas que tienen recursos para esos proyectos. La acción humana parecería perseguir todo lo bueno de lo que fuéramos capaces de emprender.
Pero ocurre que no es así, que todos los pasos que se dieron desde la Revolución francesa, que lucían como pasos de adelanto hacia derechos y leyes que le dieran libertad e igualdad a la condición humana, se han movido en la cuerda floja de los autoritarismos y los antiderechos. Basta leer a Balzac para ver que los franceses que fueron capaces de hacer realidad ese eco de la Ilustración que fue buscar una república como forma de gobierno, restauraron la monarquía para elevar la desigualdad.
Y sigo de largo hacia mi país, aprisionado entre malos gobiernos desde que el mismísimo Juan José Flores se hiciera con la primera presidencia hasta este presente de desilusión y reclamo, que no consigue hacer estable y próspera la vida común. Miro a mi alrededor y como cada ciudadano que “hizo lo suyo”: trabajó duramente, pagó impuestos, cumplió con obligaciones, sufragó cuando era debido y jamás se apropió de lo ajeno, siento que vivo al garete de las decisiones políticas, económicas y sociales de otros y que hasta mi caminar por las calles está amenazado.
Si la mirada sale del círculo de lo propio –como la conciencia nos obliga a hacer– la sensación es más angustiosa: ¿le debo mi tranquilidad mental y emocional al Sr. Trump, al Sr. Netanyahu, al Sr. Putin? Entonces, estoy perdida, porque no puedo renunciar al sentimiento de saberme tan humana como la poeta baleada en su vehículo en Minnesota y los daneses que ven peligrar Groenlandia; como la menoscabada infancia de Gaza (¿cuántos niños sobreviven?), como los ciudadanos de Ucrania, fieles a su origen. Y reconcomida por la zozobra, vivo el resto de mi vida tranquila, esa ordenada por mi médico, esa… inalcanzable. (O)










