Desde niño muy pequeño Annibale Frossi parecía tener un futuro cantado: médico, como su padre Cesare Giuseppe, muerto prematuramente. Rosina Concina, su mamá, soñaba con que siguiera la huella de su adorado esposo. Y en verdad Annibale pintaba para eso. Flacucho, desgarbado, con su amplísima y despejada frente era la viva imagen del estudioso con futuro académico, fuera en medicina, ingeniería, letras… Sí, su mundo serían los libros y su ámbito natural las bibliotecas. Un nerd. Para mejor, una severa miopía de nacimiento le obligaba a llevar esos anteojos que el vulgo denomina culo de botella. Era la postal del tragalibros y del perfecto antiatleta.





















