Hombre de sólida formación académica, Vittorio Pozzo estudió idiomas, emigró joven, jugó al fútbol en Francia, Suiza e Inglaterra para luego volver a Italia, contribuir a la fundación del FC Torino y dedicarse a la dirección técnica. A su vasta cultura unía una fuerte pasión por el fútbol, robustecida en su paso por las canchas inglesas. Allí, en largas tertulias con estrategas británicos, se interesó más por la táctica. Fue el precursor de los entrenadores meticulosos, trabajadores, que estaba detrás de cada detalle. Los historiadores se empeñan en afirmar que su Italia de 1934 se consagró casi exclusivamente por la influencia del fascismo de Mussolini, pero la realidad (siempre contundente) dice que la selección azzurra era una potencia futbolística indiscutible, la pragmática creación de Pozzo. Entre 1930 y 1938 ganó los cinco torneos más importantes que entonces existían. Campeón de la Copa Europea de Naciones —predecesora de la Eurocopa— en 1930 y 1935, campeón del mundo en 1934 y 1938 y olímpico en 1936.

Italia no poseía grandes estrellas. ¿Cómo lo lograba el Viejo Maestro…? No repetía equipos de un torneo a otro. Quería gente con ilusiones nuevas, con el apetito intacto por ganar. Pozzo es el único conductor que hizo doblete en los mundiales. Del 34 solo permanecieron en la formación de 1938 los dos armadores de juego: Giuseppe Meazza y Giovanni Ferrari; los demás, todos nuevos. Lección que no aprovecharon los técnicos campeones que lo sucedieron. Estos volvieron a convocar a quienes los llevaron a la gloria, tal vez por una deuda de gratitud. Lo mismo que hará Lionel Scaloni en Estados Unidos 2026: es un secreto a voces que tiene una prelista con 15 o 16 nombres que ya estuvieron en Catar 2022. Tal vez Pozzo tuviera la verdad: cuatro años son muchos en la carrera de un futbolista. La mejor prueba tiene nombre y apellido: Diego Maradona. En México 86 era la bomba atómica; en Italia 90 se lo vio en color sepia.

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En Francia 1938 no estaba Mussolini e Italia reeditó su coronación. Jules Rimet, presidente de la FIFA e inventor de los mundiales, se dio el gusto de llevar la copa a su país. Y lo logró en tiempo de descuento. Ya soplaban vientos de guerra. Pocos meses después sonarían los cañones y los mundiales quedarían interrumpidos por doce años.

Tres meses antes del torneo, la Alemania de Hitler se había anexado a Austria y el Führer dio la orden de competir con un equipo mixto: 6 alemanes y 5 austríacos, o viceversa. Fue la única vez en 22 ediciones que dos países fueron representados por uno solo. Jugaron con la camiseta blanca y la cruz esvástica en el pecho, además de tener que hacer el saludo nazi. Aunque Austria era una potencia en esa época y Alemania no, Sepp Herberger, DT alemán, se oponía a esa mezcla. Pensaba que no funcionaría, pero debió acatar el dictado de Hitler. Y tenía razón: Alemania quedó fuera en octavos de final al caer ante la débil Suiza por 4 a 2 en partido desempate. Una pequeña nación de 4 millones de habitantes había eliminado a otra de 60.

El mundial debía jugarse en Sudamérica por el principio de rotación, como se había estipulado en 1929 al crearse el campeonato. Y Argentina había solicitado ser sede, pero fue desestimada. Esto enojó a las autoridades de la AFA, que decidieron no concurrir en protesta. Uruguay seguía ofendido por la escasa afluencia europea a su Mundial de 1930 y tampoco acudió (aunque Francia sí participó en Montevideo). Una tontería. Creían que debilitaban el torneo, pero a nadie le importó. El fútbol argentino ya era muy fuerte y es posible que hubiese peleado el título; en todo caso, se lo perdió. Luego, cuando llegó la era dorada del fútbol gaucho, los años 40, sobrevino la Segunda Guerra Mundial y se cancelaron los mundiales. Y posteriormente se ausentó de nuevo en 1950 y 1954. En total se aisló durante 28 años. Demasiadas ventajas.

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Francia ya fue un torneo con cierta pompa. Tuvo mucha repercusión mediática y un éxito notable de público. La Federación Francesa ganó mucho dinero, pues entonces no había las exigencias organizativas que se impusieron luego. Presentó diez subsedes: París, Marsella, Lille, Estrasburgo, Toulouse, Reims, Burdeos, El Havre, Antibes, Lyon. La final se escenificó en Colombes, un suburbio parisino donde Uruguay se había consagrado en los Juegos Olímpicos de 1924. Aún existe y es propiedad del Racing Club de París.

Se repitió la fórmula del mundial anterior, bajo el sistema de copa, es decir, sin grupos, por eliminación directa. Como Austria también había clasificado, el cuadro de competición quedó chueco: fueron 15 contendientes en lugar de 16. Suecia pasó directamente a cuartos de final sin jugar, donde aplastó a la debutante Cuba por 8 a 0. Cuba llegaba de dar un campanazo al eliminar a Rumania. Francia 1938 fue un certamen con muchos goles, a una media de 4,6 por juego. Y en la primera jornada se dio una tormenta ofensiva: Brasil 6 - Polonia 5, con tres goles del famoso Leónidas de un lado y con cuatro de Willimowski del otro. En Brasil la prensa sostenía que en Polonia jugaban con pelota cuadrada, pero Martim Silveira, capitán de los posteriores quintuples campeones decía, enojado: “Cuando vuelva a Brasil y me digan que Polonia no puede jugar les escupiré en la cara. Los polacos tienen un jugador que vale oro: Willimowski”.

Brasil, que aún no era la Canarinha, pues jugaba con camiseta blanca, presentó como novedad una mayoría de jugadores afrodescendientes. Y se convirtió en candidato al título. Siguió su camino ante Checoslovaquia. El duelo fue denominado “la batalla de Burdeos”, pues se registraron acciones brutales. Igualaron a 1 y se obligaron a un desquite en el que Brasil salió airoso por 2 a 1. Pero a las 48 horas debía enfrentar a una Italia con dos días más de descanso y que llegaba tras un triunfazo sobre el local, Francia, por 3 a 1.

La soberbia, como el crimen, no da dividendos. “Para ganarles a los italianos no necesito a Leónidas, a Tim ni a Brandao”, declaró Ademar Pimenta, entrenador brasileño. Reservó a sus tres figuras para la final. A la que nunca llegaría: Italia lo venció por 2 a 1. Fue la primera decepción mundialista de Brasil, al que le esperaría aún el golpe del Maracanazo.

En la final, la squadra azzurra se topó con la que se iniciaría como nueva fuerza futbolística internacional: Hungría. Al igual que sucedió con Uruguay, no existe una explicación lógica de por qué un país pequeño se erige en una potencia deportiva. Hungría asombraría con jugadores geniales, como Puskas, Cizibor, Kocsis, y un estilo artístico y superofensivo. Los técnicos húngaros eran reclamados de muchos países, pues se los consideraban adelantados al resto. Esto duraría hasta que la generación de los Magiares Mágicos escapara del régimen comunista a fines de los 50.

Italia, con un Silvio Piola fantástico, ganó por 4 a 2 a Hungría y cerró un ciclo de oro. En este torneo no pudieron hablar de Mussolini ni de arbitrajes. La Azzurra batió sucesivamente a los mejores: Noruega (había sido la sensación en las Olimpíadas de 1936), Francia, Brasil y Hungría. Inobjetable. Vittorio Pozzo daba mucha importancia a una defensa firme, pero sin dejar de pensar en el ataque, para el cual alistó en cada partido a un trío brillante: Meazza, Ferrari y Piola, elementos hábiles y con gol. Los dos primeros, del Inter; el tercero, de la Lazio. La Italia actual, eliminada en primera fase en 2010 y 2014, ausente en 2018 y 2022, está muy lejos de aquella. (O)

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