Los mundiales fueron siempre una plataforma de lanzamiento de avances tecnológicos, con los medios de comunicación como mascarón de proa.
Suiza 1954 tiene un honor: haber sido el primero televisado. No a otros países, sí dentro del territorio helvético, mediante el famoso cable coaxil. Suiza tenía en ese momento alrededor de 4′970.300 habitantes, pero pocos poseían un aparato de TV.
La gente se concentraba frente a los comercios que ponían un monitor en sus vidrieras y ahí veían los juegos. Unos pequeños receptores de 15 pulgadas en blanco y negro.
¿Por qué Suiza el anfitrión, si no era una potencia futbolística…? Su célebre neutralidad le permitió quedar intacto después de la guerra, mientras los demás países estaban en reconstrucción o económicamente arruinados.

El pequeño país mediterráneo, 4,27 veces más pequeño que Uruguay, presentó seis subsedes importantes y una notable infraestructura en estadios: Berna, Basilea, Lausana, Zúrich, Ginebra y Lugano. La final se disputó en el Wankdorf Stadium, de Berna, para 64.600 espectadores.
Ese día estaba tan abarrotado que parecía caerse. Hasta la torre del reloj albergaba centenares de hinchas. Se implantó un extraño sistema de competición: cuatro grupos de cuatro, pero solo se enfrentaba a dos de ellos. Ejemplo, Alemania Federal, compartió zona con Hungría, Turquía y Corea del Sur, pero solo enfrentó a los dos primeros.

Uruguay inventó un adjetivo: Maracanazo. Tiene dos acepciones: una para identificar su inmortal victoria sobre Brasil en el Mundial del 50. Otra, para reflejar un triunfo sorprendente, totalmente inesperado, para darle a un batacazo una dimensión colosal. Desde entonces, todo éxito “imposible” es un Maracanazo. Con frecuencia se comete un error de juicio: aquello fue una gesta uruguaya, sí, pero no era en absoluto imposible. Al contrario, Uruguay era más equipo que Brasil.
Y un fútbol más laureado y potente. Para 1950, los Celestes ya eran bicampeones olímpicos, campeones mundiales y reunían ocho Copas América. Brasil apenas tenía tres de estas últimas. La lógica indicaba que podían ganar los Celestes.

Sin embargo, el suceso más increíble de la historia tuvo lugar en aquel Mundial 54. Con un agregado: nunca un éxito deportivo tuvo tanta incidencia en la vida de un país. Nueve años después de la Segunda Guerra Mundial, aunque dividida en tres, Alemania volvía a los mundiales. Por primera vez intervenía como Alemania Federal, sin la parte oriental, la comunista República Democrática Alemana, y sin el Estado del Sarre, por entonces Protectorado del Sarre bajo dominación francesa.
Incluso por la eliminatoria debieron enfrentarse en Alemania Federal y el Sarre pese a que eran la misma nación. Era una Alemania que representaba el 69,65 % de su territorio actual.
El germano no era hasta ahí un fútbol considerable en Europa. Italia, Inglaterra, Francia, Austria, Bélgica, España estaban por encima. Y, por supuesto, la fabulosa Hungría campeona olímpica en 1952 y que en el 53 sacudiera al mundo con su 6 a 3 a la selección inglesa en Wembley.
Alemania estaba vetada de participar del fútbol internacional. Como repudio a los crímenes cometidos durante el conflicto bélico, la FIFA la desafilió, no pudo jugar el Mundial de 1950. Fueron ocho años sin actividad. Los futbolistas germanos no eran conocidos al llegar a Suiza y nadie apostaba un céntimo por ellos.
Una posible coronación germana entraba en el terreno de la ciencia ficción. No obstante, en el debut ganaron 4-1 a Turquía, en ese tiempo un fútbol mínimo. En segundo turno debieron medirse con el mejor equipo del mundo, la Hungría de los Magiares Mágicos, con Puskas, Kocsis, Bozsik, Czibor, Hidegkuti y toda la troupe. Fue un resultado catástrofe:
Hungría goleó 8 a 3. Pero Sepp Herberger, DT de la Mannschaft, como un ajedrecista aventajado, había estudiado varias jugadas posteriores. Puso un equipo suplente para no ganar el grupo.
Más tarde lo explicó: “Tuvimos que perder contra Hungría para evitar en los juegos siguientes a los campeones mundiales uruguayos y a los subcampeones brasileños. Con la autorización del presidente de la Federación Alemana envié al campo a ocho hombres que habitualmente no jugaban o jugaban poco”.
Fue genial. Al perder, Alemania debió disputar un partido más que Hungría, un desempate ante Turquía (volvió a ganarle, esta vez 7 a 1), en cambio los húngaros tuvieron que afrontar dos cruentas batallas ante Brasil y Uruguay. Vencieron a ambos, mas quedaron desgastados.
Y con Brasil se produjo la mayor batahola de la historia de las Copas del Mundo. Hubo tres expulsados, golpes de puño y una trifulca monumental camino a los vestuarios. Hasta botellazos se arrojaron.
El genio del Danubio Ferenc Puskas se ahorró los dos choques porque la tarde del 8 a 3 el defensa alemán Werner Liebrich le propinó una terrible patada en el tobillo que lo mandó al hospital y lo mantuvo lesionado dos semanas. Volvió recién en la final, en la que se reencontró con su verdugo.
De nuevo se verían las caras Hungría y Alemania para decidir el título. Después de aquella salvaje goleada nadie imaginaba otra cosa que la victoria húngara. Alemania, una fuerza menor, debía chocar con el equipo que catorce días antes le había metido ocho. Y sucedió lo increíble…
Apenas había comenzado la final en Berna y a los ocho minutos ya ganaba Hungría 2 a 0. ¿Cuántos más le haría…? ¿Seis, siete…? Aquella Alemania contaba con hombres de buena madera y un espíritu de acero. A los 10 minutos descontó Max Morlock y a los 18 el magnífico Helmut Rahn puso el empate. Allí comenzó otro partido, más parejo.
Y Alemania demostró las virtudes que lo elevarían al grado de potencia. Se debatió palmo a palmo. Sí, Hungría era tremendamente superior en calidad y le creó infinidad de situaciones de gol (Puskas falló dos mano a mano y un remate desde el borde del área impropios de él).
Pero los predecesores de Beckenbauer se defendieron con ardor y faltando 6 minutos Rahn recibió en el área, esquivó a un par de rivales y sacó un zurdazo bajo y esquinado que el arquero Grosics no pudo detener. Golazo a lo Mario Kempes, pues Rahn era zurdo, grandote de físico y de juego similar al argentino.
Parecía un cuento, pero era real, Alemania se había impuesto 3 a 2. Es sin duda el mayor batacazo de la historia de los mundiales. Tras la victoria, la delegación campeona desandó en tren los 430 kilómetros entre Berna y Múnich.
El célebre canciller Konrad Adenauer, líder de la reconstrucción del país, fue a esperarlos a la estación y paseó con ellos por las calles en Mercedes Benz descapotables.
Los campeones fueron recibidos como héroes porque eso eran, héroes civiles para un país que aún buscaba salir del pozo más profundo de su historia. Alemania era un país paria, desacreditado, roto, que intentaba curar heridas y restaurar su economía, su institucionalidad, su prestigio y, sobre todo, su orgullo.
“El fútbol es un fenómeno único -nos dice Jorge Arriola, peruano nacido en Berlín que asistió a catorce mundiales-. Fíjate, está escrito en los libros que el llamado ‘milagro alemán’ nace con la conquista del Mundial del 54. Alemania se sentía aún abatida y humillada por la derrota en la guerra y por el rechazo de las otras naciones, pero ganar el Mundial levantó la autoestima del pueblo y ahí comenzó la reconstrucción, lo hizo revivir”.
A partir de entonces comenzó otra Alemania. También en fútbol. (O)





















