Pasarán muchos años antes de que se sepa toda la verdad sobre la operación militar estadounidense para sacar a Nicolás Maduro de la fortaleza en que habitaba, de la Presidencia y del país. Con más o menos argumentos, los ‘expertos’ nos ofrecen explicaciones sobre las tecnologías que se emplearon para semejante maniobra que, ciertamente, se parece a la de una película de acción y suspenso; también abundan las insinuaciones sobre quién o quiénes, dentro de la cúpula del Gobierno venezolano, traicionaron y entregaron al dictador; tampoco faltan quienes predicen, desde la izquierda, el centro o la derecha, el futuro.

Lo sucedido en Caracas el 3 de enero tiene repercusiones mundiales. Pero hay un hecho sobre el cual es importante fijarse y que bien puede ser no solo una lección para la política, sino sobre todo para cada uno de nosotros, incluso si estos avatares políticos nos son indiferentes: que las cosas pueden trastocarse drásticamente de un segundo a otro. Maduro y su esposa, Cilia Flores, se acostaron prácticamente teniendo una vida de reyes y ni siquiera había amanecido y ya estaban detenidos con rumbo a Nueva York para enfrentar la justicia norteamericana como cualquier otro criminal. Los superpoderosos son humanos comunes y corrientes.

Puro Shakespeare en pleno socialismo del siglo XXI, este episodio es una tragedia más que golpea al pueblo venezolano, que pasa por uno de los más penosos infortunios, pues el sistema oprobioso del chavismo ha ido desmoronando la posibilidad de vivir en paz y en progreso, lo que nos lleva a pensar en el porqué del fracaso de la democracia. En la novela El pasajero de Truman, publicada en 2008, el escritor venezolano Francisco Suniaga nos recuerda, en cambio, otro de los grandes infortunios políticos del siglo XX venezolano, cuando allá trataban de superar los males producidos por la larga dictadura de Juan Vicente Gómez.

En la novela de Suniaga, las fuerzas políticas y populares sienten que ha llegado el momento de ser gobernados por Diógenes Escalante, una persona ejemplar, quien llega a Caracas a preparar su inminente responsabilidad de la Presidencia. En el proceso, una serie de actuaciones erráticas de Escalante ponen en evidencia su comportamiento extraño, que se corresponde con una demencia senil. En poco más de un mes, Escalante es llevado a los Estados Unidos, en un avión enviado por el presidente Harry S. Truman, quien había conocido de cerca a Escalante cuando este fue embajador de Venezuela en Washington.

Las razones del viaje de Escalante en el avión de Truman son muy distintas a las del periplo de Maduro y Flores. Pero Suniaga nos da ideas que se actualizan y que siguen resonando: “Es la maldición del poder: une a los hombres para separarlos luego”. O esta: “Paradójicamente, por ser nosotros hijos de la contradicción, resulta que Miraflores es lo que nos corresponde, es la sede perfecta para poderosos ignorantes y confundidos que nunca han distinguido entre mandar y gobernar”. O esta otra: “Sí, ese era el meollo de nuestra crisis eterna. El intento de los presidentes de mandar eternamente”. En fin, una novela que ilumina el presente. (O)