Hace poco leí un artículo de The New York Times llamado “Pensar se está convirtiendo en un lujo”, que, entre muchos temas interesantes, mencionaba algunas investigaciones que “han asociado el uso de celulares con los síntomas del trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) en adolescentes” y no pude evitar pensar en algunos niños que presentan un certificado y diagnóstico que los clasifica como niños con desorden de atención y ahora reciben educación con acomodación, aunque la vida real, fuera del colegio, no la tienen. Niños que luego de dejar su dispositivo electrónico tardan mucho en poder adaptarse a la dinámica de una clase y se les dificulta seguir consignas sencillas.
Entonces, vuelvo a mi teoría de que los dispositivos electrónicos son un enemigo silencioso disfrazado de herramienta cuyo acercamiento con los niños se inicia en etapas tempranas, cuando los padres, atrapados por el tedio, eligen estirar el brazo y entregarles una pantalla a sus incontrolables niños deseosos de ser complacidos en todo, pero ese gesto inicial que parecería la solución para un problema puntual es como el inicio a las drogas, una puerta que difícilmente puede cerrarse después. Desde la educación sabemos que el aprendizaje inicial es táctil, el niño descubre el mundo a través de los dedos y la boca, toca las diferencias superficies y las mete en la boca como parte de su descubrimiento, pero ¿qué pasa cuando la única superficie a la que está expuesto es la plana y fría pantalla de una tablet o un celular? Su descubrimiento se limita a los colores e imágenes planas que de ahí se desprenden. Su cerebro en desarrollo se queda atónito con la luz azul y su atención queda prendada de imágenes brillantes que generan una inyección brutal de dopamina.
Según algunos artículos de psicología (https://icaropsicologia.com/), una raya de cocaína y seis horas frente a una pantalla generan en el cerebro el mismo efecto y la misma necesidad posterior a su consumo. Incluso, tienen características similares: conducta compulsiva, síntomas de abstinencia, dificultad para parar, entre otras. Estas actitudes son mucho más evidentes a medida que el niño crece y por tanto, hoy en día resulta sorprendente que en un grupo de 25 niños podamos encontrar entre dos y cinco niños con desorden de atención, entonces la exposición prolongada a redes sociales, videos cortos y juegos en línea no pueden ser elementos ajenos a esta nueva condición que parece afectar a un gran número de niños actualmente. Por ejemplo, hace poco un grupo grande de niños de 11 años me dijeron que habían visto mis videos en TikTok sobre educación, pero mi única pregunta fue ¿por qué niños de 11 años tienen TikTok?
Finalmente, es momento de volver a tener niños que jueguen en la vida real y al aire libre, niños que lean y a través de los libros descubran el mundo y las palabras, debemos volver a ser padres que pongan límites y eviten abrir las puertas de un mundo del que luego será muy difícil rescatarlos, corolario, me quedo con las palabras de Leopoldo Abadía: “No preguntes qué mundo dejaremos a nuestros hijos, la cuestión es qué hijos dejaremos a este mundo”. (O)











