La operación de cambio de régimen en Venezuela finalmente sucedió, todos lo esperaban. Con estas palabras hay que siempre poner el inciso aclaratorio que Nicólas Maduro era un dictador represivo, que ayudó (junto con Hugo Chávez) a destruir una economía que tenía el potencial de convertirse en potencia media. En igual proporción, hay que hacerse la pregunta: ¿quién determina cuándo el ataque se justifica y bajo qué condiciones una potencia, por más todopoderosa que sea, tiene el derecho de atacar un país, extraer a sus líderes sin debido proceso? Porque la acción ni siquiera fue consultada con el Congreso de Estados Unidos, o un Comité Especial, o algo parecido.

Para América Latina las acciones del fin de semana tienen ya consecuencias inconmensurables. El miedo cundió. Eso es lo único que explica las legalistas y escasamente activas declaraciones de México y Brasil sobre el caso. El presidente Gustavo Petro, también representante del socialismo del siglo XXI en Colombia, se cuidó tanto en su declaración que parece temer que él puede ser el siguiente. El mensaje es que nadie está a salvo y cualquier justificación es valedera, se llame Manuel Noriega, Nicolás Maduro o quien sabe en un futuro próximo, Miguel Díaz Canel y el castrismo. Los pilares sobre los que se formó el panamericanismo y específicamente el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) por allá en 1947 está prácticamente moribundo, como moribunda está el artículo 2 de la Carta de Naciones Unidas. El ataque a Venezuela le queda perfecto a Vladimir Putin en su agresión con Ucrania. Seguramente la presión de lo que hizo Trump en Venezuela es suficiente para voltear las cartas a favor de Rusia.

Personalmente, lo que más indigna es que Latinoamérica no se reúna y discuta al menos. ¿Nadie quiere o tiene las agallas de convocar a una reunión urgente y al menos exigir claridad sobre la transición y las consecuencias para el sistema interamericano en la OEA? El único que lo ha hecho es Lula, pero dentro del marco de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac). Veremos cuánta acogida tiene. El silencio –o peor aún– de la ola de felicitaciones a las políticas de Mar-a-Lago es decidor. Ya no hay valentía, principios o siquiera resguardo de intereses nacionales, porque todos saben que pueden ser los siguientes. Lo cierto es que las consecuencias de las nuevas políticas estadounidenses están afectando a todos, en especial en temas de derechos humanos, migración, desarrollo, comercio e inversiones.

Qué decir de los países de la Unión Europea y sus declaraciones vanas de que “están monitoreando cercanamente los acontecimientos” o que los “servicios consulares están disponibles”. El único un tanto más preocupado es Dinamarca, porque sabe también que Groenlandia puede estar en la lista de desembarcos.

En este punto es ilusorio pensar que alguien puede o quiere parar a Donald Trump y a su política de agresión en el hemisferio occidental. Lo único que cabe aspirar es a que Venezuela encuentre el camino hacia la democracia a partir de esta intervención. Ojalá que no haya sido cambiar un caudillo por otro más dócil a las necesidades de control estadounidense. (O)