La hondura de la amistad rara vez se mide por el tiempo compartido. Nace, más bien, de una secreta coincidencia de principios y valores, de una afinidad profunda que no exige largas pruebas. A veces surge también de la comunión de los sueños, de la predilección por ciertas pasiones —el deporte, la historia, el cine, la música—, esos territorios donde los espíritus se reconocen sin necesidad de palabras.