El cuerpo estaba en el suelo y boca abajo. Se encontraba encima de una mancha de sangre, entre rojiza y oscura. Alrededor todo seguía intacto: los muebles, el televisor, un suéter rojo y el control del acondicionador de aire, que estaba encima de la cama.

Hasta el lunes, al mediodía, todo parecía normal en un edificio de apartamentos ubicado en Manta, al borde de la playa. Todo, excepto que el huésped de la habitación 304 llevaba ya varios días muerto.

En ese departamento vivía Brandon Osborne, estadounidense de 44 años. Había llegado en febrero de 2023 a Manta. Le gustaba viajar, conocer playas, nadar, comer mariscos. Le gustaban muchas cosas, pero principalmente beber alcohol, cuentan sus amigos.

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En 2018 estuvo en Perú. Conoció Lima y su borde costero, según un perfil que tiene en Tripadvisor, una plataforma de viajes y turismo. Allí también escribió reseñas de sus viajes a la costa de Manabí, en playas como San Lorenzo y Ligüiqui.

Brandon tenía por costumbre bajar hasta la recepción del edificio a recoger la comida que pedía a través de aplicaciones. Salía del ascensor, tomaba el paquete y volvía a subir al tercer piso, donde estaba su apartamento.

La última vez que lo vieron hacer ese ritual fue el jueves, 5 de marzo. Después de eso, pasaron los días y nadie en el edificio supo de él.

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El recepcionista, preocupado, llamó el lunes, 9 de marzo, a la Policía. Cuando llegaron al lugar, tocaron el timbre sin que nadie les respondiera.

Luego, abrieron la puerta del apartamento y un olor nauseabundo les golpeó la nariz. Siguieron un pequeño hilo de sangre que salía de la habitación y allí estaba el cuerpo de Brandon Osborne en el suelo, a un lado de la cama, boca abajo; quién sabe desde cuándo.

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La Policía durante el levantamiento del cadáver de Brandon en el edificio donde vivía.

Un informe de la Policía dice que el cuerpo no presentaba signos de violencia. Después se sabrá exactamente de qué falleció. Los equipos de Criminalística llegaron al apartamento, tomaron fotos, levantaron indicios y luego lo metieron en una bolsa negra que vecinos del barrio El Murciélago de Manta vieron salir el lunes alrededor de la una y media de la tarde rumbo a la morgue.

En el edificio algunos amigos comentaron que no le conocían parientes cercanos. Hace años, unos tres tal vez, lo veían llegar con una mujer a la que presentaba como su novia. Más allá de eso, para ellos Brandon estaba solo, vivía solo, alguna vez tuvo dos perros, pero sabían poco o casi nada de él.

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No sabían, por ejemplo, que Brandon tenía un amigo salvavidas con quien solía ir a la playa El Murciélago a nadar.

Justamente, hace tres o cuatro días, ese amigo llamado Diego Casquete le escribió un mensaje de texto invitándolo a nadar, pero nunca le respondió.

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“Yo era que lo llamaba porque ya se me hacía raro que no contestara. Teníamos la costumbre después de nadar ir a comer algo. Era una persona tranquila”, comenta Diego.

Brandon no tenía familia en Manta. Diego no sabe si en Estados Unidos alguien lo espera. Este lunes, cuando se enteró de su muerte, fue hasta la morgue en Manta para ver si alguien había llegado a preguntar por él, pero nadie se había acercado.

“Él a veces tenía como ansiedad y la natación lo relajaba. También sé que bebía mucho, bastante. Le gustaba la bebida”, cuenta.

Diego conoció a Brandon hace tres años, cuando trabajaba como salvavidas. Durante el rescate de una persona, el estadounidense lo ayudó a sacarla del agua.

“Él era buzo profesional. Trabajó para las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos. Eso me contó. Sabía nadar muy bien; se notaba”, recuerda.

A Brandon le gustaba nadar y bucear en las playas de Manta. Foto redes sociales

El lunes, cuando la noticia de su muerte empezó a regarse por las redes sociales, Diego no podía creer que su amigo estuviera muerto. La noticia le cayó mal, comenta. Incluso estaba a punto de ir al edificio a buscarlo para invitarlo a nadar, pero la muerte se le adelantó. “Nos quedó una nadada pendiente”, señala.

La tarde del lunes, en el edificio donde vivía Brandon no se hablaba de otra cosa que de su muerte. En la calle aún había gente reunida comentando el tema. En la recepción, una huésped incrédula con lo que había pasado expresó: “Uno se muere y cuando vive solo nadie se da cuenta”.

Desde afuera del edificio se podía ver que las ventanas del apartamento 304 permanecían abiertas. El aire entraba y salía moviendo las cortinas blancas y depurando el olor a muerto que se quedó encerrado en la habitación donde Brandon Osborne vivió sus últimas horas solo, como lo vieron llegar. (I)