Por Alejandra Ycaza Babra, directora de proyectos de la Universidad Casa Grande

¿Y si el verdadero límite de la inteligencia artificial no fuera la tecnología, sino las preguntas que somos capaces de hacernos como sociedad? En una era de información infinita y respuestas inmediatas, el verdadero diferenciador ya no es saber más, sino preguntar mejor, analizar en conjunto y debatir en comunidad.

Es por eso que espacios como los 7 foros organizados por EL UNIVERSO en el 2025 son tan relevantes. Aunque abarcan temas muy distintos, desde educación inclusiva, en el que tuvimos el gusto de ser anfitriones en la Universidad Casa Grande, hasta la conservación marina, todos comparten un propósito fundamental que los une: crear espacios de reflexión colectiva para que nuestra sociedad discuta los desafíos que atravesamos.

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A primera vista, estos temas parecen desconectados. Sin embargo, todos exigen algo que ninguna tecnología puede ofrecer por sí sola: deliberación pública.

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La inteligencia artificial es excelente para procesar grandes volúmenes de información, optimizar procesos y predecir tendencias futuras, pero está diseñada para darte la razón, para confirmar patrones, no para cuestionarlos. El cuestionamiento genuino, la capacidad de escuchar perspectivas distintas y de replantear supuestos son, todavía, habilidades profundamente humanas. Y es precisamente lo que estos foros fomentan.

Alejandra Ycaza Babra, directora de proyectos de la Universidad Casa Grande. Foto: Cortesía

Cada uno reúne ciudadanía, empresas, academia y sector público no como receptores pasivos de respuestas, sino como agentes de cambio que se atreven a hacer preguntas incómodas. Preguntas que no se resuelven con una respuesta automática de Chat GPT o Gemini, sino con diálogo, contraste de miradas y elaboración colectiva de sentido. Así la ciudadanía construye criterio propio y aterriza las grandes ideas globales en realidades locales, entiende matices y reconoce que no toda recomendación es igual para todos los contextos.

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Esto se evidencia en cada uno de los temas abordados. La inclusión laboral de las mujeres no se transforma solo con estadísticas, sino cuestionando culturas organizacionales y prácticas históricas. La neutralidad de carbono obliga a revisar nuestro modelo de desarrollo. La experiencia del consumidor interpela la relación entre empresas y ciudadanía más allá de la transacción. El uso de tecnología en la banca y los medios de pago plantean dilemas sobre inclusión y desigualdad. El valor de estos espacios no está únicamente en los temas, sino en elevar la conversación hacia las preguntas que los sostienen: ¿qué entendemos por progreso?, ¿quién queda fuera cuando decidimos innovar?

En un contexto donde las respuestas rápidas abundan pero el debate escasea, este tipo de foros cumple un rol fundamental. Nos recuerdan que el futuro no está predeterminado por la tecnología ni por tendencias inevitables, sino que se construye a través de decisiones colectivas, informadas y deliberadas.

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Mirando hacia 2026, resulta clave que estos espacios sigan ampliando las fronteras del debate público. Un tema inevitable es la ética en el uso de la inteligencia artificial, especialmente cuando estas tecnologías son diseñadas en otros contextos culturales y comienzan a influir en decisiones locales.

Otro debate urgente es el futuro del trabajo en la era de la automatización, en un contexto de desempleo creciente, que exige pensar cómo entrenar a las personas y acompañar transiciones laborales.

Finalmente, un foro sobre hiperconectividad, sobreexposición digital y salud mental permitiría abordar los efectos de estos nuevos entornos en la vida individual y colectiva. No para ofrecer respuestas cerradas, sino para seguir formulando preguntas y abrir conversaciones.

En estos tiempos de certezas artificiales, los espacios de debate son de los pocos lugares donde el pensamiento y la reflexión colectiva pueden florecer. (O)

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